Por qué las víctimas deben liderar el camino hacia la paz en Sudán

15/04/2026

Es posible que el tercer aniversario de la guerra brutal en Sudán pase desapercibido en medio de todas las crisis globales que están sucediendo una tras de otra, cada una cargada de su propio sufrimiento humano. Sin importar si entendemos poco o mucho sobre el conflicto sudanés, o si estamos cerca o lejos de él, este es un momento para alejarnos brevemente del incesante ciclo de noticias y reflexionar sobre una guerra que rara vez recibe la atención mediática que merece. Es un momento para pensar en los millones de sudaneses atrapados en ciclos de violencia, y en muchos de ellos que luchan por la justicia contra viento y marea.

La guerra en Sudán es un conflicto olvidado. A pesar de su magnitud devastadora, recibe escasa atención internacional. Sudán enfrenta la peor crisis humanitaria, sanitaria y de desplazamiento del mundo. Desde el 15 de abril de 2023, los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido han causado la muerte de cientos de miles de personas y el desplazamiento de más de 14 millones dentro y fuera de Sudán. Siguen surgiendo informes que denuncian genocidio y limpieza étnica. Se ha declarado la hambruna en varias zonas y 21 millones de sudaneses se enfrentan a una grave inseguridad alimentaria, mientras que el sistema de salud está en ruinas. La violencia sexual se utiliza como arma de terror en todo Sudán, principalmente contra mujeres y niñas.

La guerra en Sudán es recurrente. Las atrocidades que se cometen hoy en Sudán forman parte de un patrón de violencia más amplio y repetitivo, dirigido deliberadamente contra la población local. Esta terrible repetición demuestra que las causas profundas de la violencia y la injusticia no han cambiado durante décadas y nunca se abordaron realmente durante los procesos de paz anteriores.

La guerra en Sudán no es un problema local. Varios países de la región y de otras partes del mundo están alimentando la violencia, lo que socava aún más la estabilidad en una zona ya de por sí frágil.

Es una guerra que perpetúa la exclusión. Las negociaciones de paz anteriores fracasaron porque excluyeron a las víctimas, impusieron una paz basada en negociaciones de élite e ignoraron la imperiosa necesidad de rendición de cuentas, búsqueda de la verdad, reformas institucionales sistémicas y reparaciones.

Se trata de una guerra de valores y alianzas cambiantes que dificulta la construcción de la confianza y de una estructura para la paz. Ignorar esta realidad conlleva el riesgo de poner a los actores equivocados en la mesa de negociación, excluyendo a quienes realmente representan, escuchan y sirven a comunidades más amplias, más allá de sus propios círculos: actores comprometidos con la justicia y la democracia para todos los ciudadanos.

Esta guerra es también una crisis de las infancias. Los sudaneses que hoy son atacados o forzados a luchar, o que quedaron marcados por décadas de violencia, ni siquiera saben lo que es la paz. Como resultado, repiten viejos patrones de violencia. Millones de niños han pasado los últimos tres años de sus vidas profundamente traumatizados: desplazados de sus hogares, heridos o separados de sus familias. Se estima que ocho millones están actualmente fuera de la escuela. Esta falta masiva de acceso a la educación amenaza a toda una generación y podría socavar la recuperación de Sudán durante las próximas décadas, como sucedió con sus padres y abuelos.

Paradójicamente, esta guerra también está marcada por destellos de esperanza. A pesar de las inmensas necesidades humanitarias, las víctimas y la sociedad civil se han mantenido firmes en su exigencia de rendición de cuentas, situando la justicia transicional en el centro de su lucha. La consideran esencial para romper los ciclos de violencia. Su mensaje es claro: no intercambiarán justicia por alivio a corto plazo. Tras años trabajando junto a ellos, en ICTJ hemos sido testigos de su determinación por construir un Sudán más justo e inclusivo y por desarrollar las habilidades necesarias para hacerlo posible. Por ello, están dispuestos a participar activamente en las negociaciones de paz. Su contribución es clave para garantizar la credibilidad y la legitimidad de los acuerdos de paz y las medidas de justicia transicional en los años venideros.

La gravedad de la situación en Sudán exige responsabilidad colectiva. Esto significa no ver a las víctimas como meras receptoras de ayuda, sino reconocerlas como actores políticos. También requiere involucrar a quienes representan genuinamente a las comunidades diversas y marginadas, y situar la justicia en el centro de cualquier camino hacia la paz. Es el momento de invertir en justicia transicional, diálogo y consultas amplias. Asimismo, es imperativo mantener el compromiso incluso cuando las conversaciones nacionales o internacionales sobre el futuro de Sudán se tornen difíciles, porque es precisamente en esos momentos cuando comienza a surgir la democracia.

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FOTO: Refugiados sudaneses en Adré, al este de Chad, reciben ayuda humanitaria el 3 de febrero de 2026. Antes del estallido de la guerra en Sudán en abril de 2023, la ciudad de Adré tenía una población de 40.000 habitantes. Hoy, acoge a más de 180.000 refugiados sudaneses. (Russell Watkins/Ministerio de Asuntos Exteriores, de la Commonwealth y de Desarrollo del Reino Unido)